Tras el áspero y paupérrimo debate que en comisiones motivó la patética estampida de los bloques de la oposición, allanando definitivamente el camino a las pretensiones del oficialismo, la media sanción de la “ley de medios” en la Cámara de Diputados abre un serio interrogante sobre el futuro de la libertad de expresión en la Argentina.
Muy a pesar de que nuestros razonables y legítimos criterios contribuyan a formular el espacio necesario para el debate de un verdadero marco legal en la materia, como todo aquello que no está dentro del imaginario del kirchnerismo, argumentar en contra de esta pretendida ley de medios y sus posibles implicancias será tomado de quien venga como una defensa de los intereses corporativos de los grandes multimedios. Porque en rigor a la verdad habemos muchos argentinos, con la conciencia libre aún, que transitamos un concepto tan alejado del propósito de esos grupos como distante de la verdadera intención de este Gobierno.
Particularmente en estas últimas horas hemos asistido a las más diversas expresiones, algunas de ellas –muy pocas- notablemente auténticas y sensatas, sobre lo que debiera ser esta ley de medios como herramienta superadora de un marco legal anacrónico y controvertido. Otras manifestaciones, fogoneadas por el entusiasmo partidista, obsecuente y acomodaticio, solo pueden consideradas en el apremio por sancionar este marco regulatorio para quedar bien con el poder y, de paso, obtener el beneplácito del jefe. Lo cierto es que una ley formulada simplemente para controlar la forma en que los argentinos interpretamos la realidad de los hechos, aún bajo el pretexto de superar veintiséis años de ignominia, no es otra cosa que un zafarrancho de igual monta aunque de diferente color. Es una lástima que nuestros legisladores, pese al carácter autónomo y la responsabilidad que les cabe como legítimos representantes, se avasallen a la voluntad del Poder Ejecutivo manifestando una mediocridad intelectual que apabulla y un desconocimiento absoluto de una las cuestiones más caras para la ciudadanía, como lo es el derecho a estar bien informado.
En esta puja tanto se habla de dictaduras pasadas como del poder económico de los grupos que manejan la información, bastardeando a la democracia y a la libertad de prensa, como si quien llevara la palabra estuviera exento de culpa y cargo, ausente de todo compromiso y haciendo la vista gorda durante tantos años, una verdadera vergüenza. También se ha criticado el proyecto en los debates previos, claro, pero con argumentos que tampoco convencen, mucho menos cuando gran parte de la oposición se retira “ofendida” del recinto de sesiones, ofreciéndose a las cámaras televisivas y dando oportunidad a que el proyecto logre su media sanción sin más trámites. Si algo faltaba para que el oficialismo concretara sus pretensiones era precisamente que sus detractores, con esta actitud, quedaran expuestos con sus mezquindades como cómplices de los intereses corporativos de los medios a quienes dan la nota. Capítulo aparte merecen quienes dando su voto positivo cerraban la sesión advirtiendo que el Estado no debiera regular sino las cuestiones técnicas, sin mesurar los contenidos, particularmente en lo que hace a la radiodifusión y televisión. En su entusiasmo por el demorado cambio quizás ignoran o no quieren ver, lamentablemente, que este avance del Gobierno en materia de licencias y espacios no hará otra cosa que cambiar la forma en que nos llega la información.
En los próximos días el tratamiento de esta ley será debatido en la cámara alta, los senadores enfrentarán la responsabilidad de elevarla a su sanción definitiva o modificar su articulado y reglamentación. Algunos medios se rasgarán las vestiduras porque sus titulares coinciden, ahora, con una realidad ecónomica y social que el gobierno no quiere mostrar; asistiremos entonces a otra disputa de intereses políticos y, por qué no, corporativos. Pero… ¿ tendremos oportunidad de alcanzar una ley que, mediana y justamente, promueva la diversidad, pluralidad y calidad en la información?. Porque si así no fuera, ésta, probablemente solo habrá cambiado de dueño y estaremos profundizando aún más en la decadencia cultural a la que se nos quiere someter.

